MAMÁ TENGO MIEDO....



Ma. Verónica Ruffino | Psicóloga - Terapeuta de Casa de Familia
Los niños experimentan diferentes miedos a lo largo de su desarrollo, los ruidos fuertes, las personas extrañas, la soledad, los animales, seres encantados como brujas, fantasmas, etc… Sin restar importancia a los temores comunes en la infancia, nos vamos a centrar en el desarrollo de aquellos procesos que promueven lo que podemos denominar Competencia Emocional o Inteligencia Emocional, y cómo se relaciona este concepto con el sentimiento de seguridad del niño.

A medida que el niño crece, se desarrolla y forma su personalidad, aprende a sentirse más seguro o más inseguro. Este estado emocional se verá influenciado por las relaciones con sus papás, hermanos y demás personas que lo rodean. Se sentirá más seguro en una familia que le proporciona el apoyo, estímulo y comprensión que necesita. Un niño aparentemente independiente, que es buen estudiante y tiene muchos amigos, en el fondo puede sentirse inseguro si cree que no puede confiar en sus padres. De la misma manera, aquél que aparenta inseguridades, que llega angustiado a la habitación de sus papás por la noche y que los busca todo el tiempo, en el fondo puede sentirse seguro porque sabe que puede contar con ellos, porque siente la libertad de expresar lo que necesita.

La labor primordial como adultos es ayudar a nuestros hijos a desarrollar las capacidades necesarias para sentirse seguros y para crecer con una sensación de confianza.
En su libro “Niños Seguros”, el Psiquiatra Infantil Stanley Greenspan detalla las características y capacidades del niño que se siente seguro y las señales que revelan la presencia de inseguridades. Nadie tiene todas estas características pero la mayoría presenta algunas, en mayor o menor grado.

La capacidad de establecer relaciones vitales (con los padres, hermanos y otros adultos) y de confiar en ellas: Ésta es probablemente la característica más importante del niño que se siente seguro: tiene suficiente confianza en sus relaciones y por lo tanto se apoya en ellas para sentirse mejor y encontrar soluciones a los problemas. Esta habilidad se hace evidente en el niño de tres años y medio que llega a la cama de sus padres durante una tormenta y es capaz de pedir que lo tranquilicen, o cuando uno de ocho años se siente en libertad de quejarse con sus papás de la escuela y la seño “mala”, en lugar de reservárselo.
También vemos niños donde esto no ocurre y cuando están enojados, por ejemplo, se van a su habitación a jugar, otros se escapan a un mundo de fantasía y hablan solos acerca de lo que les preocupa de una manera aislada, otros se refugian en la TV o en la compu.

La capacidad de expresar sentimientos y deseos: Muchos de nosotros no logramos comunicarnos tan rápidamente con las palabras como con los gestos. Una sonrisa o una cara de tristeza permiten a los demás entender nuestro estado de ánimo antes de que hablemos. Esta habilidad también les sirve a los niños para entender e interpretar los sentimientos de los otros y actuar en consecuencia. El niño seguro puede sentir, expresar y comprender todo el espectro de emociones humanas.

La capacidad para resolver problemas y tomar la iniciativa: A los quince meses el bebe señala lo que quiere, lleva a sus padres hasta el lugar donde necesita ayuda para poder hacer lo que quiere. Sin esta capacidad de resolver un problema, el niño se siente impotente, se retrae o llora cuando quiere algo. Quienes desarrollan la capacidad de comunicarse tienen un sentimiento de mayor seguridad. El niño que siente miedo y sabe cómo acercarse al adulto para que le dé un abrazo (“un abrazo grande, no uno chiquito”) sentirá que el mundo es un lugar más seguro. En contraste con aquellos más pasivos e impotentes quizás se ponen irritables y tendremos que adivinar el por qué.
Los niños tienen que ser capaces de buscarnos cuando están preocupados o asustados.

La capacidad de usar ideas para expresar preocupaciones y sentimientos: A través de las ideas los niños pueden nombrar las emociones y contar lo que sienten. A medida que se desarrollan, hacen uso de sus ideas para explicar lo que necesitan, dejando de lado el actuar impulsivamente o angustiarse. Quien no logra expresar sus temores y en lugar de hacerlo dice que tiene dolor de estómago o de cabeza, está en clara desventaja. Los niños se preocupan por muchas cosas. Escucharlos pacientes y atentos ayudará a expresar sus miedos.

La capacidad de razonar y pensar: Entre los tres y los cinco años aprenden a responder cuando se les pregunta “¿Por qué?”. Podemos preguntar “¿Por qué estás enojado?” y el niño tal vez responda “Porque me preocupa que a papá le pase algo”. Hay niños que prefieren escapar a un mundo de fantasía cuando se les habla sobre hechos que les producen temor. Otros, cuando están ansiosos, pueden representarlo en un juego o hablar sobre el tema y aquí tienen mayores posibilidades de comprender qué los angustia para sentirse más seguros.
Lo importante es estar atentos y determinar si se está desarrollando la habilidad para hablar sobre un espectro amplio de emociones.
La capacidad de comprender múltiples causas y los matices de hechos y sentimientos: Entre los cinco y los ocho años aparece la capacidad de contemplar más de una posibilidad. “Pablo no quiere jugar conmigo, ¿me odia o será que quiere jugar al fútbol y a mí me gusta jugar más con la play?” La vida será más fácil si el niño puede considerar dos o tres posibilidades de por qué el otro lo trata mal. Gracias a considerar múltiples causas de los hechos, el pequeño que es rechazado puede ver que hay otras maneras de ganarse la amistad de un compañero. También a esta edad descubren los matices en los sentimientos.

La capacidad para crear un patrón personal y establecer un sentido de identidad: A medida que crecen y se desarrollan adquieren las habilidades necesarias para formar un sentido de identidad. Esto permite tener un punto de vista personal con el cual comparar las opiniones de los demás. Así, por ejemplo, el niño de doce años con un buen sentido de identidad podrá decir y sentir: “Me porto bien con mis hermanos, sé que soy buena persona a pesar de que mis compañeros de la escuela hoy me trataron mal y me dijeron de todo”. Otro niño con un patrón personal más negativo, si le fue mal en una prueba será más propenso a sentir que es “un tonto”, y si alguien lo rechaza puede pensar “no le caigo bien a la gente”.
Ahora el niño cuenta con un patrón personal y un sentido de identidad y puede tener un nivel mucho más alto de comprensión y empatía con los demás. Los niños que tienen esta capacidad pueden pensar al mismo tiempo en dos tipos de experiencias. Pueden pensar en cómo se sienten y cómo se siente la otra persona y así comparar ambas perspectivas para decidir cómo actuar.

Todo confluye lentamente en construir un patrón personal que es producto de nuestras experiencias vividas. A esto nos referíamos cuando mencionábamos la relación entre nuestro sentimiento de seguridad y la inteligencia emocional.

La inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos y la habilidad para manejarlos. Esto se vincula entonces con la capacidad del niño de poder establecer relaciones vitales, expresar sus sentimientos, resolver problemas y tomar la iniciativa, razonar y pensar, poder comprender múltiples causas y matices de sentimientos para conformar así un patrón personal seguro y estable que le permita establecer un sólido sentido de identidad. Se trata de niños inteligentes emocionalmente, aquellos que pueden afrontar de manera adaptativa tanto los miedos evolutivos propios del crecimiento como también aquellos temores vinculados con situaciones de inseguridad cotidiana.
Los padres debemos saber que los niños presentarán síntomas de tensión y angustia a medida que crezcan. La clave consiste en convertir la ansiedad y la angustia en oportunidades de crecimiento.

En los niños, el sentido de seguridad se basa principalmente en su relación con los padres y su familia. Estas relaciones funcionan como un escudo protector frente al mundo, les da la sensación de contar con un refugio seguro, un lugar donde pueden sentirse bien cuidados, rodeados de cariño y protegidos en cada momento. Desde allí, pueden salir a explorar y expresar sus sentimientos para desarrollar su inteligencia emocional en esta fascinante aventura del crecer.
Miedos evolutivos normales:
(Edades: Miedos)
0 a 1 año: Llanto ante estímulos desconocidos 2 a 4 años: Temor a los animales4 a 6 años: Temor a la oscuridad, a las catástrofes y a los seres
imaginarios (monstruos y fantasmas)
6 a 9 años: Temor al daño físico o al ridículo por la ausencia de
habilidades escolares y deportivas
9 a 12 años: Miedo a los incendios, accidentes y a contraer enfer-
medades graves. Aparece temor a conflictos graves entre los padres o al mal rendimiento escolar.
12 a 18 años: Temores relacionados con la autoestima personal
(capacidad intelectual, aspecto físico, temor al fracaso) y con las relaciones sociales.

Los miedos infantiles expuestos son frecuentes y pueden afectar hasta el 40-45% de los niños. Son normales, aparecen sin razones aparentes, están sujetos a un ciclo evolutivo, desaparecen en el transcurso del tiempo, a excepción del miedo a los extraños que puede subsistir en la vida adulta como timidez.

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1 comentarios:

Sandra Luz dijo...

Excelente artículo!!
Me encantó conocer tu espacio,me interesan los temas que tratás.Volveré con más tiempo para seguir leyendo.

Besos!

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Perito Agrónomo. Prof. de Nivel Inicial, Estudiante de Lic. en TiC's, Cursando Seminario de Pedagogía Waldorf,

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